12/24/2025
“‘Por favor, no me lastimen, no puedo caminar’ Leer más: https://fcsunearth.blog/tonn7c
— suplicaba el hijo del director general… hasta que una pobre niña…”
La lluvia caía con una furia extraña sobre la Ciudad de México, como si el cielo mismo estuviera cansado de presenciar tanta injusticia. En el callejón detrás del restaurante de Don Mario, una niña de ocho años se acurrucaba bajo una caja de cartón que ya no la protegía de nada. Se llamaba Sofía. Su cabello rubio estaba pegado a su cara por el agua sucia, y sus pequeñas manos estaban manchadas de grasa, tierra y supervivencia. En las calles, Sofía había aprendido reglas que no estaban escritas en ningún lugar: no mirar a nadie a los ojos, no quedarse en el mismo lugar, no confiar en nadie… y, sobre todo, permanecer invisible.
Esa noche, mientras masticaba lentamente medio sándwich rescatado de la basura, escuchó un sonido que no pertenecía a la lluvia. No era el motor de un auto ni el ladrido de un perro. Era un gemido humano, roto, como si el aire escapara de un pecho golpeado desde dentro. Sofía levantó la cabeza, sintiendo un n**o en el estómago, ese instinto que, en la calle, podía salvarte o condenarte.
Se asomó por la esquina… y contuvo el aliento.
Un niño, de unos doce o trece años, gateaba por el pavimento mojado. Sus rodillas rozaban el cemento, su ropa estaba hecha jirones y la sangre se mezclaba con la lluvia, formando un rastro oscuro que parecía señalar un camino de dolor. Tenía moretones en la cara, cortes en los brazos… y sus piernas… sus piernas estaban dobladas de una forma que no debería existir. Tenía los ojos muy abiertos, verdes y desesperados, y al ver la silueta de Sofía, no gritó pidiendo "ayuda" como cualquier otro niño. Suplicó, temblando:
—“Por favor… no me hagas daño… no puedo caminar…”
Sofía debería haber corrido. Todo su cuerpo le ordenaba: «No te metas. Los problemas matan». Pero esa frase… «no me hagas daño»… no provenía de alguien que acababa de caer. Provenía de alguien que había pasado mucho tiempo aprendiendo a temer.
Sofía dio un paso bajo la lluvia y levantó las manos, mostrando las palmas vacías.
—«No voy a hacerte daño», dijo en voz baja, como si hablar demasiado alto pudiera romper la poca calma que le quedaba.
El niño intentó arrastrarse hacia atrás, con la mirada perdida.
—«No… no… volverán… siempre vuelven…»
Sofía sintió una punzada en el pecho. Conocía el miedo, pero no así. Este miedo era antiguo, profundo, como una jaula invisible.
—«Soy una niña como tú», insistió, acercándose lentamente. —«¿Cómo te llamas?»
El niño abrió la boca y luego la cerró, como si su nombre también le doliera.
—Diego —susurró finalmente, con la voz quebrada—. Me… me encontrarán.
En ese instante, Sofía tomó una decisión que no comprendería del todo hasta mucho después. No era lógica. Era algo más fuerte: el recuerdo de todas las noches en las que ella también había sido «nadie». Se arrodilló en el charco, metió el brazo bajo el hombro del chico y, aunque era más grande, se sintió tan ligero como si lo hubieran vaciado por dentro.
—Conozco un lugar —dijo—. No es bonito, pero es seco y seguro. Ven. Apóyate en mí.
Diego la miró como si buscara una trampa en su rostro. No encontró nada. Solo una niña empapada y testaruda con ojos que no prometían milagros, pero sí compañía. Asintió.
Caminar era imposible. Lo que hacían era avanzar a trocitos: un gateo, un paso, un gemido ahogado. Sofía se mordió la lengua para no gritar por el esfuerzo. Cada vez que Diego jadeaba de dolor, ella murmuraba: «Ya casi llego». Como si repetirlo lo hiciera realidad.
Su escondite estaba en un edificio de oficinas abandonado al que nadie se acercaba porque olía a polvo, moho y secretos. En el segundo piso, detrás de un archivador caído, Sofía había construido su mundo: una manta hecha jirones, dos latas de comida, una botella de agua medio llena y un osito de peluche al que le faltaba un ojo; como ella, incompleto, pero aún allí.
Cuando finalmente se desplomaron dentro, temblando, Diego la miró con lágrimas en las pestañas.
—«¿Por qué me ayudas?», preguntó. —«Ni siquiera me conoces».
Sofía se cubrió con la manta, lo cubrió también a él, y respondió con franqueza:
—«Porque nadie me ayudó cuando lo necesité. Y me prometí a mí mismo que si alguna vez podía, lo haría».
Diego cerró los ojos y, por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, su respiración se calmó un poco. Afuera, la lluvia seguía azotando la ciudad como si quisiera arrasarla por completo. Y a lo lejos, las sirenas se acercaban como un presagio. Sofía sintió que esta noche no era una noche cualquiera. Algo enorme se movía en la oscuridad... y ellos estaban justo en medio.
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