06/23/2026
Es 1888, en una villa de Florencia. Una mujer de casi setenta años se detiene frente a un perro color fuego que pesa apenas doce libras. Le fascina. Se lo lleva.
Esa mujer es la reina Victoria de Inglaterra. Y ese perro va a cambiar una raza entera.
El pomerania que conocemos hoy —ese peluche que cabe en un bolso— desciende de los Spitz nórdicos, perros robustos que pastoreaban ganado y tiraban de trineos en las costas del Báltico. En la región de Pomerania, entre el noreste de Alemania y el noroeste de Polonia, pesaban hasta treinta libras. Eran animales de trabajo, no de regazo.
Ya en 1767 la reina Carlota, esposa de Jorge III y abuela de Victoria, había traído dos Spitz pomeranos a la corte inglesa: Phoebe y Mercury, retratados por Gainsborough. Pesaban más de treinta libras.
Cuando Victoria descubrió a Marco en Florencia, pesaba apenas doce libras: menos de la mitad que los pomeranos de su abuela. La reina lo instaló en las perreras reales de Windsor, llegó a reunir treinta y cinco pomeranias, y en 1891 los exhibió en Crufts. El efecto fue inmediato: lo que la monarca más poderosa del mundo mostraba, los criadores lo imitaban. Empezaron a seleccionar solo los cachorros más pequeños de cada camada. Durante la vida de Victoria, el tamaño de la raza se redujo un cincuenta por ciento.
Hoy, el estándar del American Kennel Club establece que pueden pesar entre tres y siete libras. Variantes en el gen IGF1 están fuertemente asociadas con la estatura pequeña en razas caninas, según el Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano. Pero la selección no la hizo “la naturaleza”. La hizo el gusto de una reina, replicado por miles de criadores durante décadas.
Victoria murió el 22 de enero de 1901 en Osborne House. Pidió que le trajeran a Turi, su último pomerania. Un perro blanco y diminuto, puesto sobre la cama de la mujer que había decidido que toda su raza fuera así de pequeña.