20/01/2026
NI ARTE, NI CULTURA. ES TORTURA
Departiendo hace unos meses con mi amigo “R” y otros colegas nos referimos un momento a la tauromaquia, él es aficionado a ella y yo desde algún tiempo soy un convencido de que este espectáculo debería de ser abolido. “Pero si tú también has ido a las corridas”, me dijo. Precisamente con mi amigo “R” fuimos a San Miguel (Cajamarca) donde, con motivo de la fiesta patronal del pueblo, se llevó a cabo una corrida de toros. Pero terminando esa parte de la conversación, mi buen amigo también dijo algo que es muy cierto: “Es que es difícil que te deje de gustar algo que te han inculcado desde chico”.
Lo que escribo ahora, es sin el ánimo de juzgar o de entrar en debates, pues al igual que mi amigo “R” tengo a otros amigos, colegas y conocidos aficionados a esta actividad e incluso a la pelea de gallos y a otras donde se emplea a animales (el gallo que es aprisionado en una canasta mientras se le va meciendo con una soga) como parte de las celebraciones costumbristas, sobre todo en los pueblos de la sierra. MI intención es manifestar mi punto de vista, unirme a la protesta de quienes por años luchan en contra de la tauromaquia y que al menos se tomen unos minutos para reflexionar, tal vez en algún momento puedan cambiar su manera de pensar y dejar de ver a la tauromaquia como un espectáculo artístico.
MI CONTACTO CON LAS CORRIDAS DE TOROS
En la década de los 80, transmitían por América televisión (canal 4 de Lima), las corridas de toros en “homenaje” al Señor de los Milagros, yo veía aquellas transmisiones, tendría 8 años aproximadamente y jugaba a ser torero y picador. Una escoba hacía de caballo, unos chisguetes con la figura de Aquaman, que se usaban en los carnavales servían como banderillas, cualquier manta hacía las veces de capote, etc.
Por aquel tiempo he acudido también a la Plaza de Acho con mi familia. MI madre me cuenta que incluso de niña también iba con mis abuelos al mismo coso taurino y se ubicaban en el “tendido 7” donde mi abuelo Agustín aprovechaba para visitar a su amigo, el señor Rojas, quien tocaba en la “Banda de la Guardia Republicana” que era la que amenizaba la tarde de toros. Me estoy refiriendo a hechos de hace muchísimos años atrás donde se veía o tomaba esto como una tradición, como algo normal.
Las series o películas de nuestros artistas favoritos donde se hacía referencia a la tauromaquia, como en algunos capítulos de “El Chavo del 8” o los largometrajes “El Padrecito” y “Ni Sangre ni Arena”, de Cantinflas. La trágica muerte del afamado torero “Paquirri”, esposo de la no menos famosa cantante Isabel Pantoja y la sentida canción que José Luis Perales le compuso para que ella la interprete como homenaje al extinto matador, “Marinero de Luces”. Todo ello, supongo, me hacía creer que nada de eso podía ser malo. Nada más lejos de la realidad.
La música peruana tampoco está exenta de hacer alusión a esta costumbre. Valses criollos como “Lima Criolla”, de Manuel Raygada Ballesteros: “¡Que viva Lima, viva mi patria; hermosa tierra de promisión, ciudad adornada de tauromaquia, de vivanderas y serenatas…” o “Lima de Octubre”, del Conjunto Fiesta Criolla: “Corrida de manolas, gran festival taurino. Lo siente el buen torero si a mi ciudad no vino… octubre mes morado, color de la tradición”.
FALSA IDENTIDAD
Hay que decir también que muchos peruanos realmente no nos identificamos con lo verdaderamente nuestro, con nuestras raíces. Cantamos el Himno Nacional a todo pulmón, hasta las lágrimas, únicamente cuando acudimos al estadio a ver jugar a la selección de fútbol. Pero después, preferimos lo foráneo, nos interesamos poco por nuestra cultura, nuestra historia. Muchos se sienten más identificados por la sangre española que, es cierto, también corre por nuestras venas. Y entonces, a muchos artistas y conductores de televisión que frente a cámaras pregonan el cuidado y respeto por los animales, los vemos en las graderías de algún coso taurino emitiendo frenéticos oles, ataviados al estilo andaluz, mofándose de un animal armado únicamente cos sus astas, que poco a poco siente su vida extinguirse en la arena.
¿DÓNDE ESTÁ EL ARTE?
Durante un concierto, el cantautor argentino, Andrés Calamaro, previo a interpretar su canción “Media Verónica” explica que la misma, no trata de ninguna chica que se llame Verónica, sino de la suerte que hacen los toreros. “En eso ya sale el toro con toda su fuerza, sus 500 kilos y uno lo espera con el trapo grande y queda en una posición como de baile, algo artístico”; refiere. Aunque en realidad la letra sí alude a una chica llamada Verónica. Y es lo que los fanáticos de la “fiesta brava” opinan, que la tauromaquia es un arte. Si quedar en posición de baile constituye lo artístico de esta escena de terror o las vueltas en puntas de pie que da el toreo antes de insertar las lengüetas de hierro de las banderillas en las carnes del animal, ¿no sería mejor ir a ver ballet, que sí es arte?
EL NIÑO Y EL TORO
Conocida con ese nombre en Hispanoamérica, cuyo título original es “The Brave One” es una película mexicano-estadounidense de 1956, que he visto unas 2 ó 3 veces en casa. Trata sobre un ternero negro que nace en el campo durante una tormenta y que es salvado por Leonardo (el niño), quien lo cría con cariño y a quien le pone por nombre “Gitano”. Cuando Gitano crece y se convierte en un toro fuerte es vendido por error, entonces, Leonardo intentará salvarlo una vez más llegando hasta la Plaza de Toros Monumental de México donde el animal es echado al ruedo.
Es una muy linda película.
ARGUMENTOS SIN JUSTIFICACIÓN
Como he mencionado, hay quienes desde hace mucho tiempo vienen luchando por la abolición de la tauromaquia y por el contrario, hay quienes defienden y se resisten a esta pretensión; es más, azuzan esta actividad y esgrimen argumentos con poco o nulo asidero. Respuestas como “Vuélvete vegano o vegetariano”, “¿acaso no comes carne?”, “anda a un camal”, “los toros de lidia nacieron para eso”, “los toros de lidia son bien cuidados”, “los toros no sufren (durante la corrida)”, “es una tradición”, “es parte de nuestra cultura”, etc., etc. Pero todos estos argumentos son fácilmente rebatibles y muchas veces basta con un mínimo de sentido común para hacerlo.
REFLEXIÓN FINAL
Sé que es muy difícil cambiar costumbres que están muy arraigadas; pero creo que en algún momento todo esto tendrá que terminar. Se supone que somos animales con raciocinio y es lo que nos distingue, en este caso de los toros, aunque, se ha demostrado ya que los animales no humanos también tienen cierto grado de razonamiento. No podemos gozarnos del sufrimiento de un ser que también siente, que manifiesta angustia, temor, estrés, dolor. Eso es sadismo.
Las tradiciones pueden cambiar, no siempre son buenas. Podría ser debatible si es cultural o no (no lo explicaré en este momento); pero no le llamemos arte a un espectáculo cobarde, vil y cruel. Arte es la música, el baile, el cine, el teatro.
No le llamemos valiente a un verdugo que se ha preparado por años para, provisto de capa y espada, enfrentar a un animal que lo único que hace es intentar defenderse hasta el momento en que inevitablemente le sobrevendrá la muerte luego de que por aproximadamente 20 minutos este hombre de traje brillante lo torturase y le inflingiera dolor para finalmente gozoso celebrar el colofón de su faena.
Durante la pandemia, el entonces alcalde de Lima, Jorge Muñoz, dispuso que el coso taurino del Rímac sirviera de albergue para indigentes, ahí se les dio alimentación y cuidados a muchas personas sin hogar; por un momento aquel lugar donde por largos años se festejaba la muerte, pasó a celebrarse la vida y abrigar la esperanza. Es solo cuestión de decisión, de despojarse de los intereses económicos y sociales que esta nefasta actividad implica.
Tuve que escuchar muchísimas veces esta magistral canción, que acompaña el video de esta publicación, “Sangre en la Arena”, del cantautor nacional Orlando Belis, para ir menguando la tristeza que me producía cuando la escuché las primeras veces.
M.V. Nilton Agustín Uceda Salvador
C.M.V.P. 4663
Jose Angel Prod