14/06/2026
Respetemos toda vida por muy pequeña que sea, ellos tienen su labor en esta tierra.
NO ME ECHES SAL. YA ESTOY HECHO DE AGUA.
Salí después de la lluvia.
Cuando el cemento dejó de quemar.
Cuando la tierra volvió a oler viva.
Cuando las hojas guardaban gotas y el mundo, por unas horas, dejó de ser una amenaza seca.
Me viste avanzar despacio.
Con mi casa encima.
Con el cuerpo brillante.
Dejando una línea húmeda sobre el piso.
Y tal vez pensaste:
“Qué asco.”
“Va a comerse las plantas.”
“Échale sal.”
No parece una batalla. Pero lo es.
Aquí ocurre una crueldad pequeña que casi nadie siente: la sal no me espanta.
Me deshace.
No me “manda lejos”.
Me roba el agua.
Me quema el cuerpo.
Convierte mi piel en una herida lenta, mientras sigo vivo y no puedo gritar.
Yo no corro.
No salto.
No muerdo.
No tengo garras.
No tengo veneno.
Solo tengo humedad, silencio y un cuerpo blando que depende de la lluvia para moverse sin morir seco.
Durante el calor, me escondo.
Espero.
Me guardo donde todavía queda sombra.
Y cuando por fin cae agua del cielo, salgo a buscar alimento, refugio, otro rincón húmedo donde seguir existiendo.
Pero entonces aparece la mano humana.
Sal.
Cloro.
Insecticida.
Agua hirviendo.
Una chancla.
Una escoba que me lanza al sol.
Lo más triste es que muchas veces no me matan por peligro.
Me matan por repulsión.
Por prisa.
Por no soportar que una vida sea lenta, brillante, pequeña y diferente.
Si encuentras caracoles o babosas después de la lluvia, no les eches sal, cloro ni veneno. Si están en un lugar donde pueden ser pisados, muévelos con una hoja, cartón o guante hacia vegetación húmeda y sombra. Si quieres proteger tus plantas, usa métodos de barrera y manejo sin crueldad, no una muerte lenta sobre el piso.
Porque esa línea brillante que viste en tu patio no era suciedad.
Era el rastro de un cuerpo intentando cruzar antes de que el sol volviera.
Y a veces, la vida más pequeña solo necesita que no la castiguemos por ser frágil.