30/10/2025
Vamos a sincerarnos con nosotros mismos: cuando un perro se acerca, ¿qué hacemos?
Lo tocamos.
Es automático: “Ahí está el perro, ahí va mi mano”.
Pero, ¿ese perro realmente quiere que le toquemos?
Muchas veces, la respuesta es NO.
Nos encanta tocar, abrazar, acariciar, apretar. Es nuestro lenguaje, y asumimos que los perros sienten igual.
Pero no, NO es así.
Antes de aceptar el contacto, nos están leyendo: nos miran, nos calibran, nos huelen.
Si, nos huelen. Recogen más información de nosotros en un segundo que lo que podríamos explicarles en 10 min.
El problema es que creemos q cualquier acercamiento significa “¡Tócame ya!”. Pero NO.
Muchas veces, solo están recogiendo datos, marcando frotando su cuerpo en nuestras piernas o gestionando el espacio desde cerca para sentirse más seguros.
Y ahí vamos nosotros, convencidos de que quieren caricias.
Spoiler: NO es así.
¿Y qué pasa cuando al perro le molesta que lo toquemos? Lo expresa claro.
Aparta la cara, se tensa, se aleja.
Y si eso no basta, saca más señales: “¡Basta!”.
Pero nosotros, los irresistibles, seguimos…
Y si llega una mordida, nos quejamos.
De repente, el perro es “malo” o necesita “educación”.
Pero seamos serios y sinceros: lo q necesita ser educado no es el perro.
¿Y el permiso?
Si no tocamos niños ajenos sin preguntar, ¿por qué lo hacemos con perros?
Preguntar al tutor/referente es básico.
Igualmente, deberíamos preguntar al propio perro, pero como no siempre entendemos su lenguaje, el tutor/referente es nuestra guía:
Por otro lado, también está nuestra forma de tocar: somos invasivos.
A los cachorros, los saturamos y los perros grandes les damos palmadas como si estuvieran hechos de acero.
Y no solo eso: vamos directos a la cara, que tendría que ser un NUNCA con perros que no conocemos muy bien.
Es hora de admitirlo: a los perros los tocamos demasiado y mal.
El contacto debería ser lo ULTIMO, no lo primero.
Antes, están las miradas, el RESPETO por su espacio y la observación.
TOCAR no es un derecho, es un privilegio.
La próxima vez que se acerque un perro, pregúntate: ¿quiere que lo toquemos o estamos imponiendo lo que nos apetece?
Aprender a respetar también es aprender a esperar.