21/06/2019
REFLEXIONES DE UN CETRERO CUALQUIERA.
La Caperuza.
“Yo no soy nadie sin mis ojos. Estos me permiten descubrir mis presas a Kms y no sólo eso, además me alertan de la presencia de mis enemigos. No podría vivir sin ellos.
La primera vez que me los taparon me sentí raro, incluso sentí miedo. Nunca antes nadie se había atrevido a hacerlo, no lo hubiera consentido. Pero este cetrero, con el que últimamente paso mucho tiempo, se ganó mi confianza. Él me trata con mucha dulzura, me habla, aunque no lo entiendo, su voz me tranquiliza.
De pronto todo se volvió oscuro, me sentí extraño, no sentí dolor, sólo sentí paz. Todas las sensaciones que mis ojos son capaces de percibir resultan agotadoras. Ahora totalmente a oscuras, por fin, mi cerebro descansaba. Sólo podía oír voces, pero no me resultaban molestas. Además, entre ellas, reconocía la voz de mi cetrero y eso me relajaba.
Todos los días después de que me pone la caperuza siento que nos desplazamos. Los primeros días me molestaba mucho el ruido constante que nos acompaña, pero ya me habitué.
Pronto aprendí que el ruido nos lleva al campo. Una vez allí, subido sobre su guante, me quita la caperuza y puedo volar libremente.
Curioseo a mi alrededor, me sacudo y salgo. Subo y subo. Cuando estoy muy alto busco al cetrero, aprendí que cuando él me hace una señal tengo que preparar mi ataque. Entonces cierro mis alas y desde las nubes caigo, muy, muy rápido. Veo como todo rápidamente se va haciendo más grande pero no puedo distraerme, no puedo perder de vista a mi objetivo. Mi instinto me dice que debo esforzarme, para sobrevivir necesito matar. Tras la captura desciendo hasta el suelo, suavemente, con la presa entre mis manos. El cetrero viene a mi encuentro y me recoge con su guante. Allí sacio mi apetito. Siempre, al acabar, con mucha delicadeza, me limpia el pico con sus dedos, esto me gusta.
Ahora me vuelve a cubrir la cabeza con la caperuza, pero ya no me inquieta como al principio, ya no siento aquella incertidumbre. Sé que estoy seguro, ya no tengo nada que temer. Me relajo. Nuevamente, aunque no puedo ver, noto que nos desplazamos.
Cuándo me vuelve a retirar la caperuza estoy sobre mi posadero preferido, en el jardín, a la sombra de un gran árbol. Inmediatamente salto al baño y bebo. Siempre tengo agua limpia. Aquí pasaré el resto del día, con mi pata recogida, haciendo la digestión y descansando plácidamente.
Soy afortunado de compartir mi vida con este cetrero. Sé que para él soy importante, lo noto por la forma en que me cuida y por cómo me mira.
¡Sólo espero continuar, durante muchos años más, mudando mis plumas a su lado!”.
Lino Vázquez 2019.