27/05/2026
𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐜𝐚𝐥𝐨𝐫 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐚𝐥𝐭𝐞𝐫𝐚 𝐥𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞: 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐢𝐳𝐚𝐣𝐞, 𝐫𝐞𝐠𝐮𝐥𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐲 𝐛𝐢𝐞𝐧𝐞𝐬𝐭𝐚𝐫 𝐞𝐧 𝐩𝐞𝐫𝐫𝐨𝐬.
Hay días en los que simplemente no toca entrenar. Y decir esto, aunque parezca sencillo, sigue generando cierta incomodidad en algunos sectores del mundo canino. Porque todavía existe una visión demasiado centrada en el rendimiento, en “hacer igualmente”, en mantener rutinas aunque el organismo del perro esté diciendo exactamente lo contrario.
Cuando hablamos de calor, la mayoría de personas piensa rápidamente en golpes de calor. Y sí, evidentemente es un riesgo serio. Pero reducir el impacto de las altas temperaturas únicamente a una emergencia térmica aguda es simplificar demasiado un fenómeno mucho más complejo. El calor afecta al perro antes de llegar al colapso fisiológico. Mucho antes.
Afecta a su organismo, a su regulación emocional, a su capacidad cognitiva y también a su forma de relacionarse con el entorno. Y esto tiene implicaciones directas sobre el aprendizaje, la conducta y el bienestar animal.
Porque 𝗲𝗹 𝗯𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝗱𝗲𝗹 𝗽𝗲𝗿𝗿𝗼 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗻𝗲𝗴𝗼𝗰𝗶𝗮. Y entrenar en condiciones fisiológicamente incompatibles con ese bienestar no genera aprendizaje funcional. 𝗚𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮 𝗱𝗲𝘀𝗴𝗮𝘀𝘁𝗲.
El organismo del perro no trabaja igual bajo estrés térmico
El perro necesita mantener su homeostasis. Es decir, un equilibrio interno relativamente estable que permita al organismo funcionar correctamente. Cuando la temperatura ambiental aumenta de manera significativa, el cuerpo debe redirigir enormes recursos fisiológicos hacia la termorregulación.
El jadeo aumenta, se modifican dinámicas cardiovasculares, aparece fatiga más rápidamente y el gasto energético se incrementa. Además, el organismo entra en un estado de mayor carga fisiológica sostenida. Y aquí aparece algo importante: 𝗲𝗹 𝗰𝘂𝗲𝗿𝗽𝗼 𝗲𝗺𝗽𝗶𝗲𝘇𝗮 𝗮 𝗽𝗿𝗶𝗼𝗿𝗶𝘇𝗮𝗿 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗿 𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿.
𝐄𝐬𝐭𝐨 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐞𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐞𝐧𝐨𝐫𝐦𝐞𝐬.
Un perro sometido a estrés térmico:
📌reduce capacidad de recuperación,
📌disminuye tolerancia al esfuerzo,
📌pierde eficiencia conductual,
📌aumenta fatiga física y mental,
📌presenta menor estabilidad emocional.
Y no, esto no ocurre únicamente cuando el perro “está al borde” de un golpe de calor. Puede ocurrir mucho antes, incluso en situaciones aparentemente normales, especialmente en perros sensibles, braquicéfalos, cachorros, geriátricos, individuos con elevada activación basal o animales con dificultades previas de regulación emocional.
𝐄𝐥 𝐜𝐚𝐥𝐨𝐫 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐦𝐨𝐝𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐞𝐥 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥.
El cerebro no funciona separado del cuerpo. Y esto es fundamental comprenderlo.
Cuando el organismo entra en sobrecarga fisiológica, el sistema nervioso también se ve afectado. El aumento de activación, la dificultad para recuperar equilibrio interno y la acumulación de estrés alteran la regulación emocional del individuo.
𝐄𝐧 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐨𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐦𝐨𝐬:
📌menor tolerancia a la frustración,
📌aumento de irritabilidad,
📌hiperreactividad,
📌dificultad para inhibir respuestas,
📌incremento de conductas impulsivas,
📌mayor estado de vigilancia.
Además, algunos perros muestran justo lo contrario: apatía, desconexión, inhibición conductual o disminución de interacción social. Y aquí aparece uno de los errores más frecuentes: interpretar estas respuestas como “desobediencia”, “falta de ganas” o incluso “terquedad”.
𝗟𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝗯𝗮𝘀𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗺𝗮́𝘀 𝗯𝗶𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗼𝗿𝗮𝗹.
Muchas veces el perro simplemente no dispone de recursos fisiológicos suficientes para responder de forma funcional al entorno.
"𝐀𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐫𝐞𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐮𝐧 𝐜𝐞𝐫𝐞𝐛𝐫𝐨 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥, 𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐥𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐦𝐨𝐭𝐢𝐯𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧"
Existe una tendencia muy extendida a pensar que 𝐞𝐥 𝐚𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐢𝐳𝐚𝐣𝐞 𝐝𝐞𝐩𝐞𝐧𝐝𝐞 𝐞𝐱𝐜𝐥𝐮𝐬𝐢𝐯𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐟𝐨𝐫𝐳𝐚𝐝𝐨𝐫𝐞𝐬, 𝐦𝐨𝐭𝐢𝐯𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐨 𝐭𝐞́𝐜𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞𝐧𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨. Pero el aprendizaje necesita primero una condición biológica mínima de operatividad.
La atención sostenida, la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y la capacidad de procesamiento disminuyen bajo condiciones de estrés fisiológico mantenido.
Dicho de manera sencilla: 𝗨𝗻 𝗽𝗲𝗿𝗿𝗼 𝘀𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝗰𝗮𝗹𝗼𝗿 𝗻𝗼 𝗽𝗿𝗼𝗰𝗲𝘀𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻.
𝐘 𝐞𝐬𝐭𝐨 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐞𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐜𝐥𝐚𝐫𝐚𝐬:
📌peor discriminación de estímulos,
📌más errores,
📌menor velocidad de aprendizaje,
📌aumento de respuestas emocionales desorganizadas,
📌menor capacidad de autocontrol,
📌mayor probabilidad de asociaciones negativas.
𝐈𝐧𝐭𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫 𝐞𝐧𝐬𝐞𝐧̃𝐚𝐫 𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐞𝐬𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐫𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐞𝐧 𝐮𝐧𝐚 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐩𝐨𝐜𝐨 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐞 𝐢𝐧𝐜𝐥𝐮𝐬𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐞𝐧𝐭𝐞.
Es parecido a intentar estudiar durante horas dentro de una habitación sofocante, con agotamiento físico y dificultad para concentrarse. El problema no es la falta de voluntad. El problema es que el organismo ya no está trabajando en condiciones óptimas para aprender.
𝐋𝐚 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐥𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐧𝐨 𝐧𝐚𝐜𝐞 𝐝𝐞𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐛𝐨𝐫𝐝𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨.
Uno de los discursos más peligrosos dentro del ámbito del comportamiento animal es la idea de que el perro “debe acostumbrarse” a condiciones adversas para hacerse fuerte emocionalmente. Pero 𝗹𝗮 𝗿𝗲𝘀𝗶𝗹𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝘆𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗲𝗹 𝗰𝗼𝗹𝗮𝗽𝘀𝗼.
La resiliencia funcional aparece 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐢𝐧𝐝𝐢𝐯𝐢𝐝𝐮𝐨 𝐚𝐟𝐫𝐨𝐧𝐭𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐟𝐢́𝐨𝐬 𝐚𝐝𝐚𝐩𝐭𝐚𝐭𝐢𝐯𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐧𝐭𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐯𝐞𝐧𝐭𝐚𝐧𝐚 𝐟𝐢𝐬𝐢𝐨𝐥𝐨́𝐠𝐢𝐜𝐚 𝐲 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐦𝐚𝐧𝐞𝐣𝐚𝐛𝐥𝐞. Cuando el reto supera ampliamente la capacidad del organismo para regularse, lo que aparece no es fortaleza. Aparece saturación.
"𝙔 𝙡𝙖 𝙨𝙖𝙩𝙪𝙧𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣 𝙨𝙤𝙨𝙩𝙚𝙣𝙞𝙙𝙖 𝙙𝙚𝙩𝙚𝙧𝙞𝙤𝙧𝙖 𝙖𝙥𝙧𝙚𝙣𝙙𝙞𝙯𝙖𝙟𝙚, 𝙗𝙞𝙚𝙣𝙚𝙨𝙩𝙖𝙧 𝙮 𝙚𝙨𝙩𝙖𝙗𝙞𝙡𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙚𝙢𝙤𝙘𝙞𝙤𝙣𝙖𝙡."
Esto es especialmente importante en perros con:
📌miedo,
📌reactividad,
📌ansiedad,
📌hipervigilancia,
📌déficit de control inhibitorio,
📌historial de estrés crónico.
En estos individuos, trabajar bajo calor intenso puede amplificar todavía más la desorganización emocional y reducir enormemente la capacidad de recuperación conductual.
𝐀 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬, 𝐥𝐚 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐦𝐚́𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐢𝐧𝐮𝐚𝐫. 𝐄𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚𝐫.
Modificar horarios, reducir intensidad, acortar sesiones, aumentar descansos, priorizar sombra, hidratación y recuperación fisiológica no significa “hacer menos”. Significa comprender cómo funciona realmente un organismo vivo.
𝐒𝘂𝘀𝗽𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿 𝘂𝗻𝗮 𝘀𝗲𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗽𝗼𝗿 𝗯𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗽𝗲𝗿𝗱𝗲𝗿 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝗻𝗮𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼. De hecho, muchas veces es exactamente lo contrario. Es proteger la calidad futura del aprendizaje.
Porque el aprendizaje no se construye únicamente durante el ejercicio. También se construye en la capacidad del organismo para recuperarse, integrar información y mantenerse dentro de márgenes funcionales compatibles con bienestar.
Comprender al perro también implica comprender sus límites biológicos. El perro no vive el calor como nosotros. Su fisiología, su sistema de termorregulación y su capacidad de disipar temperatura son diferentes. Pero además, cada individuo tiene umbrales distintos.
Hay perros que toleran relativamente bien ciertas condiciones ambientales y otros que colapsan emocional o fisiológicamente mucho antes. La genética, la edad, el estado físico, la experiencia previa, el nivel basal de estrés y el contexto influyen enormemente.
Por eso trabajar desde la observación real del individuo resulta mucho más importante que seguir agendas rígidas o calendarios de entrenamiento.
Esto exige algo fundamental: 𝘀𝗮𝗯𝗲𝗿 𝗰𝘂𝗮́𝗻𝗱𝗼 𝗮𝘃𝗮𝗻𝘇𝗮𝗿… 𝘆 𝗰𝘂𝗮́𝗻𝗱𝗼 𝗻𝗼 𝗵𝗮𝗰𝗲𝗿𝗹𝗼, ...o cuando dejarlo para otro día.
El calor no solo afecta al cuerpo del perro. También modifica su regulación emocional, su capacidad cognitiva y su forma de interactuar con el entorno. Pensar únicamente en golpes de calor es quedarse en la superficie de un fenómeno mucho más profundo.
Porque 𝗲𝗹 𝗯𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝗱𝗲𝗹 𝗽𝗲𝗿𝗿𝗼 𝗻𝗼 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿𝗶́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗷𝗮𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗹 𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼 𝗮 𝗽𝗮𝗴𝗮𝗿 𝗽𝗼𝗿 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝗻𝗮𝗿.
Mellor, D. J. (2016). Updating Animal Welfare Thinking: Moving beyond the “Five Freedoms” towards “A Life Worth Living”. Animals, 6(3), 21. DOI: 10.3390/ani6030021
Beerda, B., Schilder, M. B. H., van Hooff, J. A. R. A. M., de Vries, H. W., & Mol, J. A. (1998). Behavioural, saliva cortisol and heart rate responses to different types of stimuli in dogs. Applied Animal Behaviour Science, 58(3–4), 365–381. DOI: 10.1016/S0168-1591(97)00145-7
Rooney, N. J., Gaines, S. A., & Bradshaw, J. W. S. (2007). Behavioural and glucocorticoid responses of dogs to kennelling. Physiology & Behavior, 92(5), 847–854. DOI: 10.1016/j.physbeh.2007.06.024