30/01/2019
Estábamos una tarde normal un grupo de voluntarios sacando perros en el refugio cuando alguien llamó al timbre. Mucha gente no comprueba los horarios antes de venir y acude por la tarde. Los voluntarios no podemos atender a nadie ni abrir la puerta, pero nos acercamos para informar de los horarios en los que deben volver.
En este caso un hombre traía a un perro. El hombre tenía una casa de vacaciones en Arins y estaba pasando unos días en ella. Desde que llegaron, vieron a un perro rondar la zona, aparentemente sin dueño. Lo traían al Refugio.
Informamos al lacero, que lo recogió para cruzar las puertas del refugio y certificar su llegada (el protocolo es llamar a lacería, no llevar tu mismo al animal). Le pusieron Pitucho. El resto de la tarde fue angustiosa, pues desde el canil de cuarentena no dejaban de llegar lloros de Pitucho.
Ocurrió en octubre de 2015, ya ha pasado tiempo. Pitucho ya no llora, ya sabe que no van a ir a buscarlo, no van a ir a sacarlo de su jaula. Pitucho ya sabe que el canil es su nuevo hogar y los voluntarios, su única familia.
Es un perro mediano y guapo, joven, era apenas un cachorro cuando llegó, no llegaba al año de edad. Es bueno, tranquilo y dulce; todo un caballero de cuatro patas. Pitucho necesita una oportunidad.