03/02/2026
Decimos que tener humanidad es mostrar compasión, ternura, comprensión. Como si esa cualidad fuera patrimonio exclusivo de nuestra especie. Pero basta observar cómo tratamos a los demás animales, e incluso entre nosotros, para dudar de esa certeza.
Con los perros, el contraste es brutal. Decimos que son “parte de la familia”, pero lo que esperamos de ellos no es vínculo, es obediencia. Y para que se alineen con nuestras expectativas, rara vez nos preguntamos cómo llegar a ese resultado de forma respetuosa. Lo importante, al parecer, es que se adapten. Aunque se rompan en el intento.
Si para lograr que un perro “se porte bien” recurrimos a violencia física, presión emocional o anulación, eso dice más de nosotros que de ellos.
El resultado puede parecer exitoso, pero el precio es una ruptura invisible, una sumisión disfrazada de “buen carácter”.
Y qué curioso que ser sumiso nos parezca deseable en un perro, pero inaceptable en un humano. Si alguien dijera con orgullo que su hijo es “sumiso”, probablemente nos escandalizaríamos. Pero cuando el sumiso es un perro, lo premiamos. Lo enseñamos. Lo presumimos.
Las palabras importan. Revelan la distancia que seguimos marcando entre nuestra especie y todas las demás. Una distancia que justifica, que normaliza, que encubre.
Y lo hemos hecho todos. Sin maldad, muchas veces sin saber. La diferencia está en reconocer cuándo empezamos a alejarnos, que no es el resultado lo que nos define, sino cómo lo conseguimos.
Humanidad no es lograr que el otro se acomode a nuestras exigencias y expectativas.
Es preguntarnos cuánto estamos dispuestos a transformarnos nosotros para construir algo común.
Es comprender que el vínculo no se mide por control, sino por cuánto espacio dejamos para que el otro exista. Sin rendirse. Sin disfrazarse. Sin dejar de ser quien es para tener nuestra aprobación.
Ser humano no garantiza humanidad.
Y los perros lo saben. Porque la sienten, o la padecen, todos los días. En nuestras decisiones, en nuestros modos, en nuestras omisiones.
Quizá entonces, más que hablar de humanidad, deberíamos empezar a practicarla. No como discurso. Como forma de estar en el mundo. Con personas. Con perros. Con todos.