15/05/2026
Máximo Huerta nos deleita con una prosa llena de amor hacia su querida Doña Leo.
Hubo un tiempo en el que Doña Leo fue una revolución con patas. Se subía al sofá, hacía agujeros en la tierra de las macetas, tiraba el agua.. Un terremoto, vamos. Y no llegó a una casa vacía. Estaba Coco. Una anciana de mirada sabia y serena que vivió veinte años y que entendía la vida ya desde la calma. La juventud de Leo le incomodaba. Aquella energía desbordada, aquellas carreras sin motivo por el salón, ese entusiasmo constante con los juguetes, el robo de camas… Coco la observaba desde su rincón como quien mira un idioma que ya no habla. Con paciencia, con cierta ironía, incluso con un poco de resignación. O mucha. Leo, en cambio, no entendía de edades. Quería jugar, saltar, morder el aire si hacía falta. Y en ese choque de tiempos —la prisa y la pausa— la casa encontró un equilibrio nuevo, extraño al principio, pero profundamente verdadero. Aprendimos todos. Leo a medir un poco su ímpetu. Coco a tolerar que la vida, a veces, también es ruido.
La casa, que hasta entonces tenía un orden razonable, se volvió territorio de carreras, de libros mordidos, de siestas interrumpidas y de una alegría que se colaba por debajo de las camas. Y, aun así, todo era mejor.
Ahora la veo avanzar despacio por la cocina, tanteando el suelo casi a ciegas, ajena a los trastos que antes la encendían. Hay días en los que se queda quieta en mitad del salón, como si hubiera olvidado hacia dónde iba. Y entonces la llamo —aunque sé que no me oye— y voy yo hacia ella, la acaricio. Pienso entonces en Coco. En cómo, sin saberlo, quizá le enseñó a Leo a envejecer. En cómo le dejó ese poso de serenidad que ahora, tantos años después, aflora en cada paso lento.
La edad tiene algo de eso: aprender a caminar más despacio. Ella ya no persigue pelotas ni se altera con el timbre. Ni siquiera con los petardos y tracas, tan comunes en Valencia. Eso sí, sigue buscando el sol que entra por el balcón, sigue acomodándose cerca de mí, o de mi madre, como si todavía necesitara asegurarse de que estamos.
A veces me da por pensar que todos deberíamos envejecer un poco como Doña Leo: con menos prisa, con más memoria en el cuerpo que en la cabeza, eligiendo bien dónde tumbarnos y a quién arrimarnos.
Hoy le he dicho: Doña, ¿tú sabes que este texto se llama "Dietario con perra a los pies"? Ha ido a lamerme, algo que ya no hace, y se ha tumbado para escenificar el título.