01/09/2026
Hoy hace un año que te marchaste físicamente de mi lado.
Un año desde aquel día en el que tuve que aprender, de la forma más dolorosa, que podía seguir queriéndote con toda mi alma aunque ya no pudiera tocarte, abrazarte, besarte tu preciosa nariz ni escuchar tus pasos por casa.
Ha pasado un año y todavía hay cosas que mi corazón sigue esperando.
Te echo de menos de tantas maneras que a veces resulta imposible explicarlo. Echo de menos tus miradas, tus paseos, tus pequeñas costumbres, tu presencia. Echo de menos simplemente saber que estabas ahí.
Pero hay algo que extraño especialmente.
Echo de menos nuestro ritual. Aquel día de la semana que era solamente nuestro. Ese momento en el que el mundo parecía detenerse y yo me sentaba contigo para cuidarte.
Limpiaba tus oídos con cuidado. Te pasaba las toallitas por la cara y por ese precioso pelaje dorado que tanto me gustaba ver brillar. Cuidaba tu noble nariz para mantenerla suave, protegía tus almohadillas (esas que tantas veces habían recorrido el mundo a mi lado) y cortaba tus uñas despacio, intentando que estuvieras tranquilo y cómodo.
No siempre te encantaba aquella primera parte. A veces te ponías serio. Me mirabas como preguntándome cuánto iba a durar aquello y esperabas pacientemente a que terminara. Y yo seguía porque cada uno de aquellos pequeños gestos era mi manera de decirte, sin necesidad de palabras:
«Te quiero. Quiero que estés bien. Quiero cuidarte.»
Pero después llegaba mi momento favorito. El cepillo. Comenzaba a peinar lentamente tu pelo, una y otra vez, y poco a poco todo cambiaba. Tu cuerpo se relajaba, tus ojos empezaban a cerrarse, tu respiración se volvía tranquila y muchas veces terminabas quedándote dormido bajo mis manos. Y yo me quedaba allí, mirándote.
A veces pienso que tú creías que era yo quien te estaba cuidando pero ahora sé que, de alguna manera, eras tú quien también me cuidaba a mí. Porque mientras mis manos recorrían tu pelo, mi cabeza dejaba de pensar. Desaparecían las preocupaciones, el ruido, las prisas y todo aquello que pesaba fuera de aquel momento.
Solo estábamos tú y yo. Tú dormido, yo cuidándote y aquella paz que solamente encontraba contigo. Tu confianza era dormirte en mis manos y mi promesa siempre fue cuidarte con devoción.
No sabía entonces que algún día iba a echar tanto de menos algo tan sencillo como sentarme a tu lado, coger un cepillo y recorrer tu precioso pelaje dorado. Ahora daría cualquier cosa por volver a vivir una sola de aquellas tardes.
Por volver a limpiar tus orejitas, acariciar tu nariz, cuidar tus almohadillas, sujetar tus patitas mientras te cortaba las uñas, ver cómo cerrabas los ojos mientras te cepillaba y sentir cómo te relajabas completamente porque sabías que estabas a salvo entre mis manos.
Echo de menos nuestro ritual porque no era solamente una rutina de cuidados. Era nuestro momento. Era una de las formas en las que nos dijimos «te quiero» durante tantos años sin pronunciar una sola palabra y quizá por eso duele tanto que ya no exista físicamente.
Pero hay algo que el tiempo, la distancia y ni siquiera la muerte han podido llevarse. Lo que construimos. Tu amor, tu confianza, tu recuerdo y también tu nombre se quedaron en mí.
Hace un año tuve que despedirme de ti físicamente.
Hoy puedo decirte que tu historia no termina aquí porque tu legado ya tiene un nombre: Lucious Lyon’s Legacy.
El afijo que soñé para ti y que, oficialmente, ya es nuestro.
Tu nombre delante de cada descendiente tuyo.
Tu legado acompañando a cada generación.
Una pequeña manera de conseguir que, aunque no pueda volver a tenerte entre mis brazos, una parte de ti continúe caminando por el mundo.
Porque tú no fuiste solamente mi perro, fuiste mi refugio, mi paz, mi compañero, mi bebé. El amor más puro e incondicional que he conocido.
Fuiste quien me enseñó que cuidar también es una forma de amar y que confiar plenamente en alguien puede ser una de las formas más bonitas de amor que existen.
Y sin que yo pudiera imaginarlo, nuestras almas se encontraron. Tú llegaste a mi vida para dejar una huella que no se parece a ninguna otra. Y aunque hoy mis manos ya no puedan acariciarte, todavía recuerdo perfectamente cómo se sentía.
Quizá por eso, cuando cierro los ojos, todavía puedo imaginar aquel ritual. Puedo imaginarte tumbado, el sonido del cepillo atravesando tu pelo, tus ojos cerrándose, tu respiración tranquila y por un instante vuelvo a sentir aquella paz. La misma paz que tú me regalabas mientras creía que era yo quien te la estaba dando a ti.
Ha pasado un año desde que te marchaste.
Un año desde nuestro último ritual.
Un año desde la última vez que pude cuidar de ti con mis propias manos.
Y aunque daría cualquier cosa por volver a hacerlo, hay algo que me consuela:
«El amor que había detrás de cada uno de aquellos gestos sigue intacto.»
Porque el amor no murió aquel 1 de septiembre. Solo cambió la forma de llegar hasta ti y ahora te cuido de otra manera.
Cuidando tu recuerdo, honrando tu nombre y protegiendo tu legado. Haciendo que Lucious Lyon’s Legacy sea mucho más que un afijo. Que sea una promesa. La promesa de que tu nombre seguirá vivo y de que tu historia continuará. De que una parte de ti seguirá caminando conmigo, aunque ya no pueda hacerlo a mi lado.
Gracias por elegirme y por confiar en mí.
Gracias por cada paseo, cada mirada, cada siesta, cada abrazo y cada pequeño ritual que entonces parecía cotidiano y que hoy daría mi alma por recuperar.
Gracias por haber convertido el cuidado en amor y por haber convertido mi vida en algo más bonito simplemente por haber estado en ella.
Haber sido tu mamá ha sido, es y siempre será el mayor privilegio de mi vida.
Te quiero, mi amor eterno.
Te quiero en cada recuerdo, en cada ausencia, en cada nombre que lleve tu legado. Y te quiero en ese lugar donde, aunque ya no pueda alcanzarte físicamente, siempre seguirás siendo mío.
Descansa, mi bebé.
Espero que, allá donde estés, sigas tumbado plácidamente, con los ojos cerrados y el corazón en calma.
Y si existe algún lugar donde nuestras almas puedan volver a encontrarse, espérame, porque algún día volveré a sentarme a tu lado para abrazarte y volver a cepillar, una vez más, tu precioso pelaje dorado.
Hasta entonces, mi Lucious.
Fuiste, eres y serás siempre mi refugio, mi paz y el gran amor de mi vida, por y para siempre.
Te quiero Lucious 🤍💫♾️