04/11/2025
No sabe leer. Nadie le indicó el camino. Fue solo el olfato del cariño el que lo llevó hasta allí, al sitio donde descansaba su amigo. Frente a la tumba, guardó silencio. No buscaba herencias, ni reproches, ni justicia. Solo quería volver a estar cerca.
Dicen que se quedó quieto, mirando largo rato, como si en esas piedras pudiera reconocer el eco de una voz que ya no estaba. No había palabras, solo lágrimas sinceras de sentimiento animal, ese tipo de fidelidad que el ser humano a veces olvida.
No llevó flores, pero las dejó igual: en su mirada, en su quietud, en el gesto de quien no necesita entender la muerte para honrar el amor.
Porque, a diferencia del hombre, nunca mordió la mano que lo ayudó.
Y hasta su último ladrido, seguirá cumpliendo ese pacto sin papeles ni promesas, aquel que un día sellaron con caricias y confianza.
El perro no fue a despedirse.
Fue a recordarle al mundo que la lealtad verdadera no conoce cementerios.