Mi abuelita era la mujer más inteligente del mundo. Era diminuta y muy trabajadora. Era fanática de los juegos de palabras, números y lógica; amaba hacer Sudokus. Con sus 80 años, se iba a la biblioteca municipal a que le enseñaran a utilizar el internet. Cuando nos escribía mails firmaba como “abuelitapuntocom”. Siempre fue una abuelita moderna. También cocinaba delicioso, y le encantaba cocinarn
os y compartir sus recetas. Yo siempre fui la nieta que cocinaba postres y repostería, y un día llegó ese olor, ese olor a pan recién horneado que nunca voy a olvidar. Y me contó la historia de esa receta: “Este pan lo hacían y vendían unos naturistas de Ciudad Bolívar, unos hippies que cosían su propia ropa, y tanto insistí en la receta (realmente con su dulzura era imposible negarle algo…) que un día por fin me la dieron!”
La receta estaba en un papelito que ya casi no se veía, con esas letricas que parecían patas de hormiga. Esa receta era un tesoro, un tesoro que compartió con la nieta repostera…. Y así comenzó la magia de este pan. Un bollo de harina integral y avena, endulzado en su punto perfecto con “tapa dulce” (o Papelón) lo que le da un hermoso color dorado y un olor a miel que realmente es irresistible. No tiene grasa ni proteína animal, cosa que lo hace vegano en su totalidad. Su miga es magníficamente pesada, húmeda, densa y esponjosa. Si eres amante de un buen pan, no puedes dejar de probarlo. Así entenderás la insistencia de mi abuelita.