06/01/2026
Esta historia es de Pablo Osorio, pero una realidad para los millones de animales que viven en las calles:
Rogelio es el gato del edificio, que es una forma de decir: de la calle. Un día apareció en administración y los guardias lo adoptaron. Ellos lo llaman “Pantera”, otros vecinos “Negro”. Yo elegí Rogelio porque me parece que un gato es más elegante cuando tiene nombre de persona.
Rogelio es un gato que se deja acariciar la panza y responde a cualquier pregunta con un lacónico “Miau”.
—Rogelio, ¿cazaste ratones?
—Miau.
—¿Rogelio, estuviste aquí todo el día?
—Miau.
—Rogelio, ¿cuál es la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás?
—Miau.
Rogelio espera sentado sobre los capós de los autos la llegada de todos los vecinos. Desde el primer día se siente un colaborador de la guardia del edificio y acompaña, con paso elegante, a los vecinos hasta el ascensor. Luego de dos “miaus” se despide y regresa a portería hasta que sea de noche, cuando termina su turno y se va por los tejados del vecindario porque, como en la vida de todo gato, sospechamos que tiene otras familias y condominios a los que atender.
A veces Rogelio llega arañado o golpeado. Parece que tiene problemas con otros gatos. No lo sabemos, pero su porte indica que es experto en repartir lapos gatunos y nos da más pena imaginar cómo quedaron los otros gatos cuando contamos sus heridas.
Sospecho que hay algún vecino que se encarga de la comida, porque a Rogelio nunca le faltan croquetas. Una vez compré tres kilos para contribuir a la causa silenciosa y desde entonces me acompaña con más dedicación hasta el ascensor y me despide con un miau extra, porque así agradecen los gatos los pequeños detalles.
Alguna vez quise adoptarlo, pero vivo en un departamento pequeño y estoy seguro de que, si intentara domesticar el espíritu indómito de un gato del vecindario, terminaría sufriendo o extrañando a sus otras familias.
Por eso lo quiero así como es: libre, montaraz, maullador.
Hace dos semanas que no lo veía, hasta hoy que pregunté al guardia por dónde andaba su colega felino.
—Lo atropellaron hace unos días —me dijo.
Algo dentro mío se detuvo. Un puñado de culpa pasó por mi pecho.
—¿Dónde está ahora? —alcancé a preguntar, con el dolor todavía atravesado.
—Lo dejaron al frente, en medio de la jardinera del cuarto anillo.
—Gracias —dije. Sin reclamar nada, sin pedir más explicaciones—. Ya vuelvo.
Fui a buscar en mi casa una pala. La encontré en medio de las bolsas de comida que guardaba para Rogelio. Bajé las gradas del edificio arrastrando la tristeza de metal.
Encontré a Rogelio olvidado en la acera. Sobre el pasto reposaba su pequeño cuerpo oscuro, hecho pedazos. El zumbido de las moscas alrededor y mi dolor sostenido por una pala inerte.
—Lamento no haber venido antes, Rogelio —le dije—. No sabía.
Pero esta vez no hubo respuesta. El silencio del gato del vecindario ensordeció mis oídos.
Cavé una tumba sin nombre a su lado y, al terminar, empujé su pequeño cuerpo. Le pedí perdón por no haberlo adoptado, por no haber hecho un espacio en mi casa para él, por no haberlo sacado de la calle. Creí que era lo mejor, pero me equivoqué.
Las calles están llenas de Rogelios. Si hay espacio en sus vidas, traten de ayudarlos.
Escribo esto para recordar al gato que me acompañó todas las veces que llegué y me fui. El cariño que le tuve no fue suficiente. Espero que me perdone y me espere en la otra vida como lo hizo todas las veces en esta.
Adiós, Rogelio.
Rogelio es el gato del edificio, que es una forma de decir: de la calle. Un día apareció en administración y los guardias lo adoptaron. Ellos lo llaman “Pantera”, otros vecinos “Negro”. Yo elegí Rogelio porque me parece que un gato es más elegante cuando tiene nombre de persona.
Rogelio es un gato que se deja acariciar la panza y responde a cualquier pregunta con un lacónico “Miau”.
—Rogelio, ¿cazaste ratones?
—Miau.
—¿Rogelio, estuviste aquí todo el día?
—Miau.
—Rogelio, ¿cuál es la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás?
—Miau.
Rogelio espera sentado sobre los capós de los autos la llegada de todos los vecinos. Desde el primer día se siente un colaborador de la guardia del edificio y acompaña, con paso elegante, a los vecinos hasta el ascensor. Luego de dos “miaus” se despide y regresa a portería hasta que sea de noche, cuando termina su turno y se va por los tejados del vecindario porque, como en la vida de todo gato, sospechamos que tiene otras familias y condominios a los que atender.
A veces Rogelio llega arañado o golpeado. Parece que tiene problemas con otros gatos. No lo sabemos, pero su porte indica que es experto en repartir lapos gatunos y nos da más pena imaginar cómo quedaron los otros gatos cuando contamos sus heridas.
Sospecho que hay algún vecino que se encarga de la comida, porque a Rogelio nunca le faltan croquetas. Una vez compré tres kilos para contribuir a la causa silenciosa y desde entonces me acompaña con más dedicación hasta el ascensor y me despide con un miau extra, porque así agradecen los gatos los pequeños detalles.
Alguna vez quise adoptarlo, pero vivo en un departamento pequeño y estoy seguro de que, si intentara domesticar el espíritu indómito de un gato del vecindario, terminaría sufriendo o extrañando a sus otras familias.
Por eso lo quiero así como es: libre, montaraz, maullador.
Hace dos semanas que no lo veía, hasta hoy que pregunté al guardia por dónde andaba su colega felino.
—Lo atropellaron hace unos días —me dijo.
Algo dentro mío se detuvo. Un puñado de culpa pasó por mi pecho.
—¿Dónde está ahora? —alcancé a preguntar, con el dolor todavía atravesado.
—Lo dejaron al frente, en medio de la jardinera del cuarto anillo.
—Gracias —dije. Sin reclamar nada, sin pedir más explicaciones—. Ya vuelvo.
Fui a buscar en mi casa una pala. La encontré en medio de las bolsas de comida que guardaba para Rogelio. Bajé las gradas del edificio arrastrando la tristeza de metal.
Encontré a Rogelio olvidado en la acera. Sobre el pasto reposaba su pequeño cuerpo oscuro, hecho pedazos. El zumbido de las moscas alrededor y mi dolor sostenido por una pala inerte.
—Lamento no haber venido antes, Rogelio —le dije—. No sabía.
Pero esta vez no hubo respuesta. El silencio del gato del vecindario ensordeció mis oídos.
Cavé una tumba sin nombre a su lado y, al terminar, empujé su pequeño cuerpo. Le pedí perdón por no haberlo adoptado, por no haber hecho un espacio en mi casa para él, por no haberlo sacado de la calle. Creí que era lo mejor, pero me equivoqué.
Las calles están llenas de Rogelios. Si hay espacio en sus vidas, traten de ayudarlos.
Escribo esto para recordar al gato que me acompañó todas las veces que llegué y me fui. El cariño que le tuve no fue suficiente. Espero que me perdone y me espere en la otra vida como lo hizo todas las veces en esta.
Adiós, Rogelio.