02/02/2026
Se llamaba Luna. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía, porque llegó a las calles de la Ciudad de México siendo apenas una cachorrita flaca y llena de garrapatas. Durante años vagó por los mismos barrios polvorientos: los camellones de Avenida Insurgentes, los callejones detrás de La Merced, las banquetas rotas cerca del Canal de la Viga. Sobrevivió comiendo sobras de arroz con frijoles que alguien tiraba desde una ventana, escondiéndose de las patadas de los niños que jugaban fútbol con una botella aplastada, y temblando bajo los aguaceros que convertían las calles en ríos café.
María José la conoció un martes cualquiera, de esos en que el calor pega tan fuerte que el asfalto huele a quemado. Luna estaba tirada junto a un poste de luz, con una pata hinchada y una herida abierta que ya olía mal. No tenía fuerzas ni para levantar la cabeza cuando María se acercó. Solo movió un poco la cola, como diciendo: “todavía estoy aquí por poco”.
María trabajaba en una empresa de mantenimiento municipal. Uniforme gris, botas gastadas, el sol le había curtido la piel y endurecido las manos. Pero no el corazón. Desde niña había recogido gatos abandonados, curado pájaros con alas rotas, llorado por cada perro atropellado que veía en la avenida. Llevó a Luna a su casa en una carretilla que pidió prestada, la limpió con agua y jabón neutro, le dio antibióticos que compró con el dinero del pasaje que no usó esa semana.
Pasaron meses. Luna engordó un poco, la herida cicatrizó mal pero dejó de supurar, aprendió a esperar en la puerta cada tarde cuando oía el ruido de las botas de María subiendo la escalera. Dormía acurrucada contra sus piernas mientras ella veía televisión con el volumen bajo para no gastar luz. Se volvieron inseparables. Para María, Luna era lo más parecido a una hija que había tenido. Para Luna, María era la primera persona que no la había dejado atrás.
Pero el cuerpo de Luna ya estaba muy cansado. Los años en la calle le habían dejado el hígado dañado, los riñones débiles y una tos que cada día sonaba más húmeda. El veterinario fue claro una mañana de enero:
Le quedan semanas, quizás días. El dolor va a aumentar mucho. Lo más humano sería
María no lo dejó terminar. Salió llorando del consultorio con Luna en brazos, aunque ya casi no podía cargarla. La llevó a ese pedazo de banqueta frente a su casa, donde siempre se sentaban a ver pasar a la gente. Se sentó en el suelo, con el uniforme todavía puesto porque no había tenido tiempo de cambiarse, y abrazó fuerte a su perra. Luna apoyó la cabeza en su pecho, respirando lento, como si entendiera.
Las lágrimas caían sin control. No eran solo por el adiós que se acercaba. Eran por todas las veces que Luna había esperado sola bajo la lluvia, por todas las patadas que había recibido, por todos los años en que nadie la miró con cariño. Eran por la impotencia de haberla salvado solo para perderla después. Eran por saber que en esa misma ciudad había cientos, miles de Lunas esperando un abrazo que nunca llega.
María le susurró al oído, entre sollozos:
Perdóname por no haberte encontrado antes perdóname por no poder hacer más.
Luna levantó la mirada una última vez, esos ojos viejos y dulces que parecían decir “está bien, ya estuvo bueno”. Luego cerró los ojos, apoyada en el pecho de la única persona que alguna vez la llamó por un nombre.
Y así, en esa banqueta caliente de la Ciudad de México, con el ruido de los microbuses y los niños jugando a lo lejos, una mujer de uniforme gris lloró abrazando a su perra, mientras el sol seguía cayendo implacable sobre las dos, como si nada importante estuviera terminando.❤