27/08/2026
Hoy estuve también con mi querida maestra, la Dra. Anngwyn St. Just, abordando un tema profundamente delicado: el trauma reproductivo y s*xual desde la mirada sistémica.
La energía s*xual es la puerta por donde todos llegamos a la vida.
Todos venimos de un encuentro entre cuerpos. De una fuerza creadora que abrió camino antes de que tuviéramos nombre, historia propia o conciencia de nosotros mismos. La vida llegó a través de mamá y papá, de sus cuerpos, de sus historias, de sus linajes y también de todo aquello que venía con ellos.
Y no hablamos solamente de intimidad, deseo, pareja o cuerpo. Hablamos del lugar donde la vida se transmite, donde el sistema continúa y donde también pueden quedar grabadas memorias muy profundas de miedo, vergüenza, pérdida, violencia, silencio o mandato.
Cuando una mujer se embaraza, no solo “espera un bebé”. Su cuerpo se abre a un movimiento inmenso y, de alguna manera, también pone en riesgo su propia vida para que otra vida pueda llegar. Su sangre, su energía, sus células, su historia y su linaje entero participan en ese acto sagrado y vulnerable.
La sexualidad no empieza en la cama.
Empieza mucho antes.
Empieza en la forma en que una familia aprendió a mirar el cuerpo. En las ideas que una cultura sembró sobre el deseo. En la religión que marcó algo como puro, impuro, permitido o prohibido. En la madre que calló. En la abuela que tuvo que aguantar. En el hombre que confundió fuerza con derecho. En la mujer que aprendió a entregarse aunque su alma no estuviera disponible.
Antes de que una persona pueda habitar su cuerpo con naturalidad, muchas veces ya recibió una herencia invisible sobre cómo amar, desear, tocar, recibir, poner límites, embarazarse, parir, perder, callar o sobrevivir.
Algunos mensajes llegaron con palabras. Otros viajaron en silencios, miradas, castigos, secretos, culpas o destinos que dejaron una marca profunda en el sistema familiar.
Por eso el trauma reproductivo y s*xual pide tanta delicadeza. Porque toca la puerta por donde la vida llegó, pero también los lugares donde la vida pudo quedar herida, interrumpida, forzada, escondida o puesta en riesgo.
Es empezar a reconocer que muchas veces el cuerpo carga memorias que no empezaron en nuestra propia historia.
Es mirar con respeto los mandatos familiares, culturales y religiosos que atravesaron a hombres y mujeres antes de nosotros y empezar a recuperar el cuerpo como un territorio más digno, más consciente y más propio...
Quizá sanar también sea poder decir:
Esto vino de antes.
Lo miro con respeto.
Lo devuelvo a donde pertenece.
Y hoy empiezo a habitar mi cuerpo con verdad, conciencia y amor.