28/05/2026
Hoy estuve con mi querido maestro Joan Garriga, y entramos por una puerta enorme al hablar de como a veces nos pasamos la vida buscando el placer, el poder o la dependencia, pensando que ahí está el amor.
Buscamos sentirnos deseados, tener el control, ser necesitados, sostenernos en el otro o hacer que el otro nos sostenga. Y en esa búsqueda, casi sin darnos cuenta, podemos ir desdibujando el amor.
Porque cuando buscamos otra cosa en nombre del amor, el amor empieza a perder su forma, se desdibuja. Se vuelve exigencia, hambre, miedo, estrategia, necesidad o conquista. Y entonces ya no miramos al otro; miramos lo que queremos obtener de él. Ya no nos miramos a nosotros mismos; miramos la herida desde donde intentamos amar.
Y quizá el amor sea algo más simple, más hondo y más difícil: ver y reconocer al otro, y también vernos y reconocernos a nosotros mismos, en sintonía con algo más grande que nos juntó.
No solamente “te quiero porque me das” o “te busco porque me calmas”, “te necesito porque sin ti no sé quién soy”... Etcétera...
Sino algo más adulto, más desnudo, más verdadero: te veo, me veo, reconozco lo que somos, lo que traemos, lo que nos une y también aquello que nos atraviesa más allá de nuestra voluntad.
Hoy también miramos esas zanahorias del amor 🥕, esos pequeños cebos internos que a veces perseguimos sin darnos cuenta🐰. Están ahí, como enemigos íntimos, escondidos en nuestras parejas, en nuestras elecciones, en nuestras formas de vincularnos. A veces no los vemos porque se sienten conocidos, casi familiares. Vienen del baile relacional que aprendimos en casa, de la manera en que vimos amar, pedir, callar, controlar, huir, complacer o depender.
Quizá amar también sea eso: dejar de repetir un baile antiguo, buscar zanahorias🥕 , sin conciencia y empezar a construir, con más verdad, el vínculo que sí podemos sostener.
Porque el amor también se mira, se ordena, se pacta y se cuida.
Con cariño,
Celeste Ábrego