12/02/2026
Estaba jugando en la casa, como siempre, riéndose, corriendo… pero en un segundo escuché el golpe seco.
Silencio.
Luego el llanto.
Entonces lo levanté y sentí que se me iba el aire: se abrió la cabeza.
Entonces pasó lo típico: agarré llaves, pañales, toallitas, lo que pude… y salimos corriendo.
Pero antes de cruzar la puerta, dejé una nota en la mesa:
“Llevé al bebé a emergencias, se cayó de cabeza.”
Entonces llegamos al Seguro Social… y ahí empezó otro tipo de urgencia.
Esperar.
Mucha gente.
Ruido.
Niños llorando.
El olor a hospital.
El tiempo estirándose como si no entendiera que yo solo quería que alguien lo viera YA.
Lo atendieron, sí. Se resolvió.
Pero yo salí con el cuerpo temblando y la cabeza llena de enojo y malestar… porque además del susto, te toca aguantar el caos.
Entonces tomé una decisión: no vuelvo a improvisar.
Contraté un seguro.
No por exagerada… sino porque entendí que la tranquilidad también se planea.
Y claro… después de un tiempo mi niño tuvo otro accidente.
Otra urgencia.
Pero esta vez fue distinto.
Entonces no pensé en filas ni en horas de espera.
Pensé: “vámonos, lo atienden rápido”.
Llegamos, lo revisaron, lo trataron… y yo solo pagué lo justo.
Sin ruido. Sin caos. Sin sentirme sola.
Entonces entendí:
el seguro no evita los accidentes… pero sí evita que, además del golpe, te rompas tú.
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