22/02/2026
Triste, pero es una realidad…
Cuando mueras, no te preocupes por tu cuerpo.
Tus parientes harán lo que sea necesario, de acuerdo con sus posibilidades.
Te quitarán la ropa.
Te lavarán.
Te vestirán.
Te sacarán de tu casa y te llevarán a tu nueva dirección.
Muchos irán a tu funeral a “despedirse”.
Algunos cancelarán compromisos.
Otros faltarán al trabajo para ir a tu entierro.
Tus pertenencias —incluso aquellas que no te gustaba prestar—
serán vendidas, regaladas o quemadas.
Tus llaves.
Tus herramientas.
Tus libros.
Tus discos.
Tus zapatos.
Tu ropa.
Y ten por seguro que el mundo no se detendrá por ti.
La economía continuará.
En tu trabajo serás reemplazado.
Alguien con las mismas o mejores capacidades ocupará tu lugar.
Tus bienes pasarán a tus herederos.
Y no dudes que seguirás siendo citado, juzgado, cuestionado y criticado
por las pequeñas y grandes cosas que hiciste en vida.
Quienes solo te conocían de vista dirán:
“Pobre hombre” o “Se la pasaba bien”.
Tus amigos sinceros llorarán algunas horas o algunos días,
pero luego volverán a reír.
Los “amigos” de las fiestas te olvidarán más rápido.
Tus animales se acostumbrarán a un nuevo dueño.
Tus fotos quedarán un tiempo en la pared o sobre algún mueble,
luego terminarán en el fondo de un cajón.
Alguien más se sentará en tu sofá
y comerá en tu mesa.
El dolor profundo en tu casa durará semanas, meses, quizá años.
Después serás solo un recuerdo.
Y entonces, tu historia habrá terminado.
Porque de aquí no te llevarás lo que tienes.
Solo te llevarás lo que construiste en otros.